Mi enfermero psiquiátrico

Después de años luchando contra el trastorno bipolar estaba a punto de tirar
la toalla. Le dije a mi psiquiatra que no estaba de acuerdo ni con el trato
ni con el tratamiento. Y dejé de ir a la consulta. Poco después tuve una
fuerte crisis maníaca que me trató un psiquiatra privado. Cuando me recuperé
le dije a mi madre que consideraba oportuno volver a la sanidad pública por
motivos ideológicos entre otras razones. Así que me planté en el equipo de
salud mental. Durante la consulta le dije al médico que últimamente no sabía
como organizarme el día. ¿Quieres que te ponga un enfermero? Me preguntó.
"Pozí". Fue mi respuesta. Realmente no sabía lo que me estaba ofreciendo. La
primera vez fui a la consulta del enfermero desconfiado. Pensaba que iba a
ser otro de los muchos esfuerzos inútiles que he hecho para curarme. Me
impuso tres condiciones. 1) Tienes que hacer todo lo que yo te diga. 2)
Tienes que respetarme. 3) No somos amigos. Yo me comprometí a cumplirlas sin
esperanza de que sirviera para nada. En ese momento estaba muy mal. Todos
mis proyectos habían fracasado aunque los había intentado con todas mis
fuerzas. Empezamos desde cero. Recuerdo que los primeros pasos fueron
recoger el lavavajillas e ir a la piscina. Suelen decirme que no soy
humilde. No voy a intentar refutarlo aquí pero tengo claro que en aquel
momento lo fuí cuando salté en picado de los grandes retos a la bolsa de
basura que empecé a bajar todos los días. El proceso supongo que habrá sido
parecido al de otras personas a los que vosotros, los enfermeros
psiquiátricos, habéis atendido en vuestras consultas. Con mucho esfuerzo he
ido consiguiendo objetivos. Después de cuatro años soy un "marujo" sin
competencia. Soy capaz de hacer todas las tareas domésticas. Hace unos días
estuve en Barcelona. Hice una lubina al horno en casa de unos amigos.
Estuvieron a punto de sacarme a hombros.

Todavía no hago la cama. El curso pasado dormí la mayoría de las noches en
un saco de dormir. Tenía construida una teoría en contra tan sólida que me
está costando trabajo desmontarla. Pero el siguiente paso será hacerla todos
los días. No porque piense que es necesario sino por hacer un diario
homenaje a mi enfermero que desde el primer día me insiste en que la haga.
Han pasado cuatro años. Ahora estoy mucho mejor. No solo soy un amo de casa.
Mis relaciones con los demás han mejorado. He perdido 26 kilos haciendo
dieta y ejercicio. He vuelto a la universidad… Pero lo más importante es que
he recuperado la ilusión. Todos sabemos que sin ilusión estamos muertos.

Álvaro Pemartín, un amigo médico de los que ya no quedan, suele bromear
cuando le tocas las manos: Eh! Eh! Eh! ¡Cuídado con estas manos! ¡Que estas
manos salvan vidas! ¡Ojo con vuestras manos enfermeros psiquiátricos! A mí
me ha salvado la vida uno de los vuestros. Ahora dejo su consulta porque a
partir de ahora me van a atender el un equipo de salud mental en Sevilla
donde estoy estudiando para no tener que ir cada dos por tres a Jerez. Por
tanto se rompe el trato. Ahora puedo decir con tranquilidad: ¡Gracias amigo!

Ramón Salido Suárez.